Lo cierto es que resulta complicado explicar con palabras el ambiente que se crea en Cars4Smiles. La sonrisa de los niños, su cara de asombro ante coches únicos, el nerviosismo de apreciar toda su potencia en la recta de un circuito, el sentirse centro de atención de un evento tan fuera de lo común… son sensaciones que deben de vivirse para entenderse por emocionantes, gratificantes y enriquecedoras.

 

Todo el programa se desarrolla, aunque resulta casi gratuito señalarlo, en un entorno de absoluta seguridad para los chicos y el resto de los participantes, no son necesarios grandes excesos para la diversión quede garantizada. Algunas aceleraciones en la línea de meta, vueltas al trazado al ritmo que marca un coche de neutralización, festival de derrapajes en el paddock o el desplazamiento de la caravana por carretera abierta con escolta de la Guardia Civil son argumentos más que suficientes para que un simple sábado se transforme en un recuerdo imborrable para quienes lo disfrutan.

Y también, como decía, para mí. Conducir un coche excepcional como el McLaren 570, un deportivo descapotable con ADN de competición y motor V8 de 570 CV, quedó en una simple anécdota frente a tantos otros momentos emocionantes. Esas sonrisas de los niños que busca Cars4Smiles resultan tan valiosa que eclipsan todo lo demás y dan sentido al esfuerzo de una organización y unos participantes que, de forma altruista, colaboran para que el evento sea posible.

En esta reciente cita de Madrid, por ejemplo, se entregó un cheque de 5.000 euros al Hospital 12 de Octubre para el desarrollo de un proyecto de clases de patinaje adaptadas a niños enfermos que contribuyan a hacer más llevadero su tratamiento. ¿Qué más se puede pedir?

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